En el más antiguo y desconocido de nuestros sentidos podrían estar las claves de nuevas formas de diagnóstico y tratamiento médico… y quizá de algo más.  Por Rodrigo Padilla

Lo empleamos poco, pero le otorgamos una gran importancia. Decimos «esto huele mal», «me da en la nariz que…» o «tiene olfato para los negocios». Es casi un sinónimo de intuición. Pero el olfato, pese a ser el más antiguo, es el menos estudiado de nuestros sentidos. Y lo poco que sabemos de él es gracias a investigaciones realizadas en las  últimas décadas.

Por ellas sabemos que los olores, al llegar a la nariz, provocan una reacción química. Y ésta, una señal eléctrica que se traslada hasta el cerebro, donde se transforma y almacena la fragancia. Pero el proceso olfativo no consiste sólo reconocer un olor. Por ejemplo, cuando notamos que huele a natillas, en el cerebro se desencadenan recuerdos que nos evocan nuestra infancia. Ese mismo proceso cerebral nos lleva primero a reconocer el olor («huele a natillas»), luego nos permite llegar a conclusiones («alguien está haciéndolas»), y finalmente nos facilita la elaboración de pensamientos («me apetece tomar un plato»).

La pregunta que se hacen los especialistas, y para la que aún no tienen respuesta, es cómo un simple olor es capaz de desencadenar todo ese complejo proceso. Cómo el cerebro, a partir del impulso eléctrico generado por un aroma es capaz de procesar esa señal, regularla y ordenar la liberación de determinadas hormonas, como las del placer o del estrés, según nos enfrentemos a fragancias agradables o nauseabundas. Y, sobre todo, cómo somos capaces de elaborar pensamientos a partir de determinados olores, asociando determinadas emociones a ciertos estímulos olfativos.

Todos sabemos que hay olores agradables y aromas insoportables. Que los primeros nos atraen y que rechazamos los segundos. Es una afirmación banal, pero que los científicos han logrado cuantificar. Un experimiento realizado hace unos años en un casino de Las Vegas reveló que la cantidad de dinero jugado en una tragaperras creció un 45 por ciento tras impregnar la máquina con un aroma agradable que las demás no tenían. El olor, a la vista está, influye. Y mucho.

Igual que una habitación pintada de verde relaja, con algunos olores se podría conseguir, según ciertos especialistas, el mismo efecto. En eso consiste la aromaterapia, en asociar un aroma concreto a una terapia médica, de modo que la fragancia produzca por sí misma unos efectos curativos similares a los de un tratamiento convencional. El problema radica en que las asociaciones entre aromas no son universalmente compartidas: los alemanes se decantan mayoritariamente por el olor a coníferas, mientras los franceses optan por las fragancias florales. Por eso la ciencia médica pone en duda las bases de la actual aromaterapia, pues los resultados de los estudios apuntan mínimas diferencias entre las personas tratadas o no con las esencias más usadas.

Ya se fabrican potentes ‘narices’ electrónicas que permiten detectar determinadas enfermedades en el aliento de las personas e identificarlas por su olor

Averiguar el funcionamiento de los receptores moleculares, un trabajo que les valió a Richard Axel y Linda Buck el Nobel de Medicina en 2004, ha permitido fabricar máquinas susceptibles de percibir miles de odorantes diferentes con una precisión mucho mayor que la de la nariz humana. Y aún hay más: ya está viendo la luz una nueva generación de perfumes capaces de guiarnos hacia una sección determinada del supermercado.

Varios científicos de la Universidad de Warwick (Reino Unido) investigaron la posibilidad de emplear estas narices electrónicas para reconocer determinadas enfermedades en el aliento de los pacientes. Y también, quizá, para fabricar sensores capaces de reconocer el olor particular de cada persona, convirtiéndolo en una especie de código personal único, como las huellas dactilares.

En una línea de trabajo totalmente distinta, Pam Dalton, del Monell Institute de Philadelphia (EE.UU.), ha creado un olor horrible capaz de provocar náuseas instantáneas en quien lo perciba. Y claro, el Pentágono, como con todo lo que huele a nueva arma, ya se ha interesado en él.

Toda esta evolución parte de la nariz. Gracias al trabajo de Richard Axel y Linda Buck, hoy sabemos que las moléculas de olor llegan a la mucosa olfativa, donde se procesan para transformarlas en señales eléctricas que se envían al cerebro. Todo el sistema funciona en equipo, ya que un mismo olor puede estar formado por diversos odorantes. «Cada señal es como una letra -explica Buck, que se junta con otras para formar las palabras, que serían los olores».

En estudios realizados con roedores, los investigadores han descubierto que los ratones tienen un millar de genes dedicados en exclusiva al olfato, y que cada uno de ellos está vinculado a un receptor olfativo concreto. En el hombre, esos genes son algunos menos. Sin embargo, Doron Lancet, del Instituto Weizmann de Ciencias, en Israel, cree que originalmente los humanos teníamos la misma cantidad de genes, pero que el 54 por ciento de ellos ha sufrido una mutación que los impide trabajar bien.

Esa atrofia se habría iniciado hace cinco millones de años, cuando el desarrollo del Homo sapiens primó la vista antes que el olfato. El cambio amplió nuestra capacidad de distinguir colores y obtener información de nuestros semejantes a través de sus rostros, el tono de su color de piel o su manera de andar, pero nos privó de la facultad de reconocerlos por su aroma.

Pero incluso con nuestro olfato a medio gas, somos capaces de reconocer a los demás por las secreciones que emiten sus glándulas exocrinas y que al mezclarse con las bacterias de la piel provocan el olor corporal. Lo que no está tan claro es que podamos percibir el olor de sus feromonas, las hormonas sexuales. En los animales, el órgano vomeronasal, situado entre la nariz y la boca, es el responsable de captarlas. Pero en los humanos, para desgracia de los fabricantes de esos perfumes supuestamente capaces de atraer al sexo contrario, este órgano parece atrofiado. Aunque en este terreno los científicos tienen más dudas que certezas.

Su reto, ahora, es desentrañar de una vez cómo se producen las asociaciones entre el olfato y las emociones, cómo se articula la memoria olfativa y cómo se pueden modificar los mecanismos que nos ponen en guardia o nos llenan de placer según un aroma u otro… Las posibilidades serían infinitas: aprenderíamos a modificar nuestras respuestas automáticas y podríamos jugar con los estímulos. La investigación en este campo, sin embargo, no ha hecho sino comenzar.

El olfato, de la nariz a las emociones (Infografía: J. Antonio Peñas)

Cómo un olor despierta sentimientos y recuerdos en el cerebro.

Olores y fragancias, ese más allá de las cosas

El olfato selectivo de ciertas madres

Los científicos afirman que los niños y sus madres se reconocen por el olor. Además, el doctor Kurt Grammer ha probado que las mujeres con mayor olfato que los hombres aumentan su sensibilidad en la ovulación, y la doctora Martha McClintock, que algunas “huelen” el inmunotipo de cada hombre: a mayor cantidad de diferencias con el de ellas, mejores defensas heredaría un hijo de ambos. La pareja ideal también se huele.

La supervivencia en el hocico

Un perro pega la nariz al suelo y sigue un rastro de kilómetros. Un ciervo huye tan pronto como huele en el viento a su depredador. Un hombre escudriña con los ojos o aguza el oído; rara vez recurre al olfato. ¿Por qué? Pese a ser nuestro sentido más antiguo, el olfato sufrió muchos cambios en su evolución. El más evidente: su atrofia. Nuestro instinto primó la vista y el oído como armas de rastreo y previsión.

Mitos del poder afrodisiaco

¿Informa el olor sobre nuestras preferencias sexuales? Un estudio lo afirma. Los gays prefieren el olor de otros gays y el de las mujeres heterosexuales. El olor de ellos, en cambio, es el menos preferido de los hombres y mujeres heteros. Se sabe, además, que el atractivo del sudor masculino es un mito: el androstenol, la feromona masculina del sudor fresco, atrae a las mujeres, pero la androstenona la oxidación del androstenol las asquea.


PARA SABER MÁS

Instituto Nacional de la Salud de EE.UU.