La música ha demostrado tener efectos curativos: relaja el corazón, reduce la tensión y aumenta la secreción de endorfinas, un sedante natural. Todos estos beneficios se producen en el cerebro, el órgano que determina las emociones que nos provoca una canción

La enfermedad: amusia o la ausencia de sonidos

Es difícil imaginar un mundo sin música, pero para casi un uno por ciento de la población las canciones son algo totalmente ajeno. Y no es porque su sistema auditivo funcione mal. Son los afectados por una disfunción cerebral conocida como amusia, la ausencia total de oído musical. Estas personas son incapaces de reconocer una melodía o de distinguir una canción de otra, aunque se trate del Cumpleaños feliz o de un villancico. Eso sí, si les ponen delante la letra de esa misma melodía, la reconocen al instante. Pero hay más: si les piden que repitan un tema que acaban de escuchar, cantarán algo irreconocible pese a que ellos están convencidos de estar haciéndolo bien.

El genio: estrellas de la música con problemas de oído

La música es un fenómeno cerebral lleno de sorpresas que afectan incluso a los compositores famosos. El caso más conocido es el de Beethoven, que vivió la mayor parte de su vida con una sordera parcial y que compuso su Novena Sinfonía cuando ya estaba completamente sordo. Parece que las notas seguían sonando en su cabeza. El ruso Vissarion Shebalin perdió, por un infarto cerebral, la capacidad de construir frases y ordenar las palabras, pero fue capaz de componer su Quinta Sinfonía sin ningún problema. Otro caso llamativo es el de Tony DeBlois, un reconocido músico de jazz que dominaba más de 8.000 piezas musicales a pesar de que era ciego y autista.

La terapia: ¿puede curar una melodía?

La música tiene poderosos efectos sobre el organismo que la medicina occidental está empezando a utilizar, pero que los chinos ya conocían hace tiempo. Las bases científicas de la musicoterapia, aún en fase de estudio, descansan en el efecto de las ondas sonoras sobre la materia física. Una música pausada disminuye la frecuencia respiratoria y cardiaca, y reduce la presión arterial y la temperatura corporal, por lo que se usa para combatir trastornos cardiacos o hipertensiones. Las melodías con frecuencias entre 40 y 66 herzios reducen la tensión muscular. Además, las canciones también se relacionan con la secreción de endorfinas, los sedantes naturales del cerebro, que potencian los efectos anestésicos. El estado de ánimo es fundamental para el sistema inmune: una persona triste se constipa con más facilidad que otra alegre; por eso, las endorfinas producidas al escuchar una melodía también mejoran el sistema inmunitario, igual que otras sustancias presentes en la sangre, las interleukinas, cuya concentración aumenta un dos por ciento tras 15 minutos de música.