Newton, Darwin, Fleming, Volta, Hawking… Todos ellos han formado parte de esta institución científica, la más prestigiosa del mundo. Sus logros: la penicilina, la fotografía, la primera transfusión de sangre o la descripción del ADN. Unos 250.000 manuscritos de genialidades. Por Carlos Manuel Sánchez

Los tímpanos de John Haldane (1892-1964) reventaron unas cuantas veces a lo largo de su vida. Nacido y educado en Oxford, hijo de científicos y descendiente de aristócratas, fue un bioquímico con un gusto por la experimentación que rozaba la chaladura y el desprecio a la propia vida. Sus investigaciones sobre gases las realizó usando sus pulmones como tubo de ensayo. Fabricó una cámara hiperbárica casera en la que se metía para estudiar los efectos de la descompresión. Una vez le dieron convulsiones tan violentas que se rompió varias vértebras, pero el buceo moderno sería imposible sin las tablas que diseñó. Siempre al límite, la perforación de tímpanos era un gaje del oficio. «La membrana se suele curar en pocos meses, y si aún queda un agujero, aunque te quedes algo sordo, cuando fumas puedes expeler el humo por la oreja en cuestión, una hazaña que causa sensación en las reuniones.» Conejillo de Indias vocacional, sus estudios sobre el mal de altura han salvado la vida de miles de alpinistas. Durante la Primera Guerra Mundial se paseó por las trincheras para catar los gases que utilizaban los alemanes. «Noté cómo el hígado me empezaba a burbujear. Era cloruro de amonio.» Casi no lo cuenta, pero así diseñó la primera máscara antigás.

Desterraron el latín de los escritos científicos e impusieron el inglés. Su lema “No dar nada por sentado”. Con ellos nació la ciencia moderna

John Haldane fue uno de los 8.200 miembros que ha tenido la Royal Society en sus 350 años de historia y simboliza como nadie el espíritu de la institución científica más prestigiosa del mundo: el afán por experimentar, la curiosidad sin límites y un punto de excentricidad muy británico. Todo empezó una brumosa tarde de noviembre de 1660 en el Gresham College de Londres, donde una docena de científicos se reunieron para escuchar la conferencia de un joven astrónomo. Eran seguidores de Sir Francis Bacon, un filósofo que proponía que el conocimiento sólo se alcanza mediante ensayos y errores. A la verdad se llega equivocándose en la dirección correcta. Les pareció buena idea fundar un club y reunirse semanalmente para discutir ideas y describir los experimentos en los que trabajaban. El monarca Carlos II les dio carta real. Su lema, una máxima latina: «Nullius in verba», “No hay que dar nada por sentado”. Aquellos venerables descreídos, no obstante, desterraron el latín como lingua franca del saber. Desde entonces será el inglés; sin florituras retóricas, llano y sencillo. Y lo más importante, establecieron la revisión por pares, la piedra angular de la ciencia moderna. Una suma de esfuerzos en la que cada avance es publicado, compartido y revisado por la comunidad científica.

La nómina de la Royal Society abruma. Desde Isaac Newton, presidente en 1703, que sentó las bases de la física, hasta Stephen Hawking, sus doctos socios han iluminado cada paso de la humanidad en su aspiración por comprender el universo. Darwin, Fleming, Faraday, Rutherford, Halley, Volta, Watt, Locke, Maxwell…

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Entre las curiosidades que se pueden consultar en línea, las memorias de William Stukeley, amigo de Isaac Newton. Cuenta que éste era capaz de leer y montar a caballo al mismo tiempo: en una mano, un libro; en la otra, las riendas. Su relato sobre la caída de la famosa manzana que inspiró las leyes de la gravedad demuestra que Newton disfrutaba tanto contando la anécdota y la pulió de tal modo que, en la versión que ha quedado para la historia, la manzana rebota graciosamente en su cabeza, cuando la realidad fue menos rocambolesca. Tampoco tiene desperdicio el hallazgo de uno de los socios fundadores, Christopher Merret, que experimentando sobre la fermentación del vino se percató de la «agradable efervescencia» del brebaje resultante. Había inventado, sin proponérselo, el champán.

Y es que la casualidad también forma parte del progreso. El reverendo Thomas Bayes era un predicador mediocre, pero un matemático soberbio. Diseñó una compleja ecuación que no tenía ninguna utilidad práctica en el siglo XVIII, mero pasatiempo que ni se molestó en publicar, pero a su muerte un amigo la envió a la Royal Society… por si las moscas. El modesto ensayo sobre la teoría de probabilidades apareció en 1763 y durmió el sueño de los justos durante 250 años. Hoy, el teorema de Bayes es utilizado en modelos informáticos sobre el cambio climático, pronósticos del tiempo, astrofísica, datación de fechas por radiocarbono, análisis bursátil y proyecciones de encuestas.

Sus miembros siempre fueron machistas. Ellas entran con cuentagotas. La primera nominada no ingresó al club por estar casada.

Tampoco se le puede negar el olfato al comité de selección de miembros. Cuenta Bill Bryson, autor de Seeing further: the story of science & the Royal Society -una historia institucional publicada por HarperCollins-, que el astrónomo Edmund Halley fue admitido antes de terminar su licenciatura en Oxford; Charles Darwin, cuando aún no se conocían sus investigaciones sobre la evolución; y William Henry Fox Talbot, dos años antes de inventar la fotografía.

La Royal Society también se ha distinguido por ser una fraternidad cosmopolita y poco clasista. Cierto es que el pedigrí académico o social no es un lastre, pero el caso del holandés Antoni van Leeuwenhoek, un óptico y naturalista autodidacta al que se publicó 200 ensayos y dibujos sobre vida microscópica, ilustra que esta sociedad no es esnob ni chovinista. Leeuwenhoek no sabía inglés ni latín, ni siquiera holandés culto. Escribía sobre sus experimentos como buenamente podía en la jerga callejera del sur de los Países Bajos, donde se ganaba la vida vendiendo paños. Machista sí fue este selecto club: las mujeres han entrado con cuentagotas. Caroline Herschel (1750-1848) fue la primera fémina que recibió un salario por un trabajo científico, 50 libras anuales como astrónoma real. Descubrió ocho cometas y 14 nebulosas, pero eso no le bastó para ser admitida. La física Hertha Ayrton fue la primera nominada (1854-1923), pero su candidatura acabó siendo rechazada por una razón peregrina: estaba casada. Dudar de todo, no conformarse con las verdades establecidas, comprobar sin descanso… A veces, estas pautas se cumplen tan a rajatabla que conducen a situaciones cómicas, como la visita de Daines Barrington al hogar de Mozart en 1769, cuando el músico apenas tenía ocho años. El naturalista cruzó media Europa y lo sometió a una batería de exámenes físicos mientras Mozart tocaba el clavicordio. Barrington volvió a Londres muy satisfecho. «No es un enano, como sospechaban algunos, sino un genio precoz que toca como los ángeles, a pesar de que sus deditos apenas llegan a una quinta parte del teclado y que, juguetón, deja la interpretación a medias y se baja del taburete para perseguir a su gato», expuso con toda solemnidad. Otras veces, el experimento exige la aceptación de riesgos temerarios.

Benjamin Franklin, empeñado en demostrar que los rayos no eran fuerzas sobrenaturales, salió al campo en plena tormenta con una cometa amarrada a un cordel metálico. Milagrosamente, sobrevivió al calambrazo del «fuego eléctrico».


CUATRO DESCUBRIMIENTOS CON HISTORIA

Isaac Newton.

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Este científico descubrió que la luz está compuesta por una suma de colores cuando un rayo de sol atravesó la ventana de su estudio. Su descripción de este experimento (1671) es una de las más antiguas que se conservan en la Royal Society, donde también se guarda su máscara. En una reciente encuesta entre los más importantes científicos, la influencia de este gigante se considera mayor incluso que la de Einstein.

Robert Boyle. La primera transfusión.

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En 1667, un estudiante llamado Arthur Coga fue convencido por dos miembros de la Royal Society para recibir una transfusión de sangre de oveja. Un año antes se había descrito la primera transfusión entre dos perros, inspirada en las teorías del químico y alquimista Robert Boyle. Milagrosamente, Coga sobrevivió al experimento. «El paciente está contento, incluso ha bebido un licor y fumado una pipa», anotó un testigo.

Alessandro Volta. Y duran, duran…

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El físico italiano informó en 1800 a la Royal Society de sus ensayos con discos de plata y cinc sumergidos en agua salada. Cuando Volta tocó los extremos, recibió una descarga. Desmentía así a su amigo Luigi Galvani, que defendía que sólo el contacto de dos metales con el músculo de una rana originaba una corriente; zanjaba así la polémica entre partidarios de la electricidad animal y la metálica y, de paso, inventaba la pila.

James Cook Los limones del capitán.

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Tras su viaje de tres años a bordo del HMS Resolution, el capitán James Cook, que documentó por primera vez el Pacífico, escribió una misiva a la Royal Society, fechada en 1776, en la que daba cuenta de cómo había librado a su tripulación de enfermar de escorbuto (avitaminosis producida por la deficiencia de vitamina C) incluyendo en la dieta cítricos y col agria. «Un marinero murió de una dolencia desconocida, dos se ahogaron y otro falleció de una caída. El resto sobrevivió.»


PARA SABER MÁS

Archivos digitalizados de la Royal Society: http://trailblazing.royalsociety.org/