Un plato principal sabroso y completo

Ingredientes. 2 picantones, 1 cucharada sopera de aceite de oliva virgen extra, sal y pimienta.Para las patatas aplastadas. 6 patatas (una vez cocidas deben pesar unos 300 g), 1 limón, 70 g de aceitunas verdes con hueso, 150 g de aceite de oliva virgen extra, medio puñado de hojas de perejil, sal y pimienta.

Elaboración. se precalienta el horno a 250 C. Se salpimentan los picantones y, en una cazuela con el aceite de oliva, se doran cinco minutos por cada uno de los cuatro costados, empezando por una de las patas, siguiendo por la otra, luego por la espalda y finalmente con la pechuga hacia abajo. Se retira la cazuela del fuego, se coloca en el horno y se asan los picantones durante 15 o 20 minutos dependiendo del tamaño. Si fuera necesario, se añade una pizca de agua en el fondo de la cazuela (nunca encima) para que tenga humedad.Se retiran del horno y se dejan reposar sobre una rejilla cubiertos con papel de plata con dos chimeneas durante 10 minutos.De las patatas aplastadas. se lavan y cuecen las patatas en una olla con agua salada a fuego medio durante 35 o 45 minutos, dependiendo del tamaño. Se pela el limón a lo vivo, se corta en cuartos, se vuelve a cortar en dados pequeños y se reserva. Se cortan las aceitunas verdes en daditos y se reservan. Se lavan y secan las hojas de perejil y se pican groseramente.

Acabado y presentación. cuando las patatas estén cocidas, se pelan, se ponen en un bol y se aplastan con un tenedor. Se les agregan el limón cortado y las aceitunas verdes y se aliñan con el aceite de oliva, poco a poco hasta que se absorba todo. Se añade el perejil picado, se salpimenta y se sirve seguidamente, junto con el picantón asado trinchado.

Mis trucos

A la hora de comprar los picantones, yo me fijo en el color de su grasa (cuanto más amarillenta, mejor), en que el animal esté rollizo y en que al tacto no esté pringoso, sino que tenga la piel húmeda y nada resbaladiza.

Reinos de humo, por Benjamín Lana

Una infancia sin chocolate

Resulta difícil imaginar la Pampa argentina sin vacas ni ovejas, pero hasta que los españoles llegaron a América no podían ni soñar con un lomo alto o un asado de tira. Cuentan las crónicas de la época que el Perú pudo ser conquistado por los soldados de Pizarro gracias a un arma estratégica que los aportaba una enorme resistencia. la piara de cerdos ibéricos que los acompañaba, compañeros de fatigas y meriendas, y que los incas vieron entonces por primera vez. Hasta que regresaron los barcos del Nuevo Mundo, en España e Italia, la dieta mediterránea debía elaborarse sin tomates, pimientos ni patatas. ¿Pueden concebir ustedes los valles de Asturias o Galicia sin fabes ni maizales? ¿Un verano sin gazpacho? ¿Una infancia sin chocolate? Pues todo eso que parece violentar la organización del mundo que aceptamos como inmutable verdad ocurría hace apenas un suspiro. Ahora que los restaurantes que mezclan productos y técnicas de distintos continentes triunfan en el mundo y que no dejan de alabarse las cocinas de fusión, como si fueran grandes hallazgos contemporáneos, debemos recordar que todo nuestro recetario y el de otros, incluidos platos como la tortilla española o la tempura japonesa, son ya excelentes bocados de cocina fusión. Que la gran creación de los hombres, llamada cultura, no es otra cosa que una ensalada, con ingredientes de aquí y allá aliñados por la memoria colectiva.