El cura de mi vida

ANIMALES DE COMPAÑÍA

Escribía el gran Leonardo Castellani que muchos obispos piensan fatuamente que la Santísima Trinidad la forman, en realidad, cuatro personas: el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo y el obispo de la diócesis. Así le debe de ocurrir al obispo de Zamora, que acaba de jubilar con impasibilidad de burócrata a don Rogelio, mi amado párroco, el cura que ha perdonado muchas veces mis pecados más renegridos y ha salvado muchas veces mi fe de la tentación del desistimiento (provocada, sobre todo, por esos mitrados que se creen en unión hipostática con la Santísima Trinidad). Don Rogelio tiene exactamente los mismos años y los mismos meses que el Papa; aunque goza de una salud robustísima que ya la quisieran para sí el Papa y, desde luego, el obispo que lo jubila. Pero para quienes se creen la cuarta persona de la Santísima Trinidad no rige aquello de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio; y, en lugar de jubilarse con viento fresco, se ponen a jubilar tan frescamente.

Por supuesto, don Rogelio ha obedecido la caprichosa orden episcopal sin rechistar. Pero yo voy a rechistar un poco, que para eso no estoy bajo disciplina eclesiástica. La jubilación sumaria de don Rogelio es una desconsideración sórdida y deleznable hacia el mejor cura que jamás haya conocido, lleno de franqueza y bonhomía, lleno de un amor abnegado e incombustible a su vocación y a sus fieles. Un cura de los que, como pide el Evangelio, lo dejan todo por seguir la llamada; de los que no dejan tan sólo sus pertenencias, sino que dejan incluso de pertenecerse, para hacer donación de su vida entera, sin guardarse nada para sí. De los que pasan a pertenecer a Cristo y, por extensión, a los pequeñuelos en quienes Cristo se encarna cada día.

Conocí a don Rogelio cuando llegó a mi parroquia, hace más de treinta años, siendo yo todavía adolescente. Lo recuerdo tal y como ahora mismo es, lleno de franqueza y bonhomía, lleno de brío juvenil y calmosa sabiduría, rubicundo y orondo, con la sonrisa ancha y los ojillos vivaces. ¡Cuántas veces le habré llorado mis cuitas! ¡Y cuántas habré gozado de su amistad desvelada! También me he peleado con él algunas veces, porque don Rogelio es cura de paisano que no se pone la sotana ni aunque lo maten (¡tampoco, gracias a Dios, el horrendo clergyman!) y defiende a ultranza el Concilio Vaticano II, que yo siempre pongo como chupa de dómine, para encorajinarlo. Alguna vez he logrado que se cabree ante mis intemperancias (aunque, ahora que no me lee, he de reconocer que las suelto para que rece por mí, pues sé que su oración es mano de santo contra las asechanzas del Enemigo, e incluso contra las asechanzas de los obispos). Cuando don Rogelio se cabrea (que es muy raramente), lo mismo que cuando se sonroja (que es muy a menudo), la sangre se le sube a las mejillas; y entonces su rostro, coronado por el penacho de pelo bermejo que ya le blanquea, se vuelve un incendio benigno en el que se funden el fuego acérrimo de la fe, el fuego vigilante de la esperanza y el fuego hospitalario de la caridad.

Don Rogelio se marcha después de haber suscitado casi una decena de vocaciones sacerdotales entre los jóvenes de su parroquia, hazaña de la que tal vez no puedan presumir muchos obispos con ínfulas de cuarta persona de la Santísima Trinidad (pues cada uno da lo que tiene). Se marcha después de haber aliviado las penurias materiales de muchas familias que nunca podrán olvidarlo, después de haber atendido espiritualmente a varias generaciones de zamoranos que hoy lloramos huérfanos su marcha. Guardo infinidad de recuerdos de estos más de treinta años de amistad con don Rogelio, aunque ninguno tan reparador como el abrazo que me dio, después de rezar un responso ante el cadáver de mi abuelo, haciéndome sentir que el inmenso amor que el difunto siempre me había profesado se refugiaba en su corpachón, y allí hacía su nido. Aunque nos gastamos mutuamente las mayores confianzas, nunca le he retirado el tratamiento de ‘don’, que viene de dominus; y es que nadie merece tanto como él que se le llame ‘don’, porque el Señor está dentro de él, porque el Señor lo habita las veinticuatro horas del día, todos los días de su vida. Don Rogelio es un sagrario abierto de par en par y con la llama siempre encendida. Es un cura de una pieza, es un cura capaz de mover montañas, es el cura de mi vida; y su marcha de la parroquia me deja medio muerto, con soledad y llanto, como a tantos otros feligreses que entienden más fácilmente el misterio de la Santísima Trinidad (¡y mira que es difícil!) que la caprichosa e impasible burocracia episcopal.