Grace Kelly y el bañador blanco

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Sopla una suave brisa en la piscina, y los niños y sus carreras y gritos y chapuzones todavía no han invadido el recinto. Marie France lleva un bañador blanco con flores blancas adamascadas y un gorro de baño también blanco, con áncoras en relieve. Compró el traje de baño en 1978 en un mercado en Niza, y el vendedor, un búlgaro muy simpático, le dijo que nada como el color blanco para resaltar el bronceado y que con su figura y su pelo rubio parecería Grace Kelly. Más tarde, al llegar a casa y probárselo ante el espejo, se sintió efectivamente como Grace Kelly y supo que el vendedor había tenido razón. De puntillas avanzó varias veces hacia el espejo, simulando una pasarela de moda, mirando hacia él por encima del hombro e imaginando que Cary Grant la miraba desde un balcón del gran hotel de Montecarlo.

Esa tarde se sintió a gusto en su piel y muchas veces, en años posteriores, en momentos de dolor y tristeza o cuando se sentía especialmente vulnerable, esa imagen del día que se probó el bañador caminando de puntillas le volvía a la mente como un manto envolvente y confortable.

El gorro se lo regaló Laurent cuando ella se quejó de que el cloro le estropeaba el pelo y se lo volvía verde. Ese gorro y un bolso de bandolera de plástico azul fueron dos de los pocos regalos que le hizo su marido en los veintiocho años de matrimonio. Era un hombre de una tacañería legendaria y la familia de Marie France siempre la había compadecido por eso. Ella se había adaptado a este rasgo del carácter de su marido, como se adaptaba a todas las cosas de la vida: con buen humor y un encogimiento de hombros. Sabía que el precio que tenía que pagar para estar con él, dado que lo amaba con la clase de amor que sólo los seres puros son capaces de experimentar por personas que no lo merecen, era no exigir cosas que él no sería capaz de darle nunca. Así se acostumbró a no esperar flores o regalos en los aniversarios. Él a menudo fingía que había preparado un regalo, pero que, por razones siempre peregrinas, se había extraviado o llegaría por correo en pocos días. Otras veces fingía que lo había olvidado «completamente, querida, completamente». Ahora, años después de la muerte de él, recordaba con ternura la expresión de falsa perplejidad cuando él aducía que se le había pasado por alto tal o cual celebración.

Hoy, en la piscina del condominio, Marie France hace los ejercicios que le ha recomendado el médico para la artrosis, subiendo y bajando lentamente los brazos y las piernas, girando los tobillos, mientras canta por dentro una canción de Claude François, al que vio una vez en Le Châtelet, en París. Pronto llegarán las familias y el bullicio de los niños acabará con la tranquilidad de la piscina. Su gorro blanco refulge contra el azul del mosaico y cuando salga, al remontar la escalerilla, mientras el agua resbale desde sus hombros por el bañador blanco, se sentirá una vez más joven y hermosa como Grace Kelly. Y, si cierra los ojos, podrá ver a Cary Grant, que la mirará con deseo desde un balcón en Montecarlo.