La luz en la ventana de Fresán

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Siempre que me encuentro al escritor Rodrigo Fresán tengo la sensación de que es un tipo escapado de otra era. Una era que se acaba donde el conocimiento y el dato formaban una especie de armadura de caballeros andantes que ahora los buscadores informatizados pretenden ridiculizar. Fresán, argentino ya barcelonizado, ha publicado este año un libro que se llama La parte soñada y que es extraordinariamente fiel a su personalidad irradiante y desbordada. Es un libro muy recomendable para todos aquellos que admiten que leer es meterse en problemas y no quitárselos de encima, como pretenden publicitariamente lograr desde la cacareada autoayuda hasta la más boba dimensión del entretenimiento, esa que se atreve a negar que, a veces, entretenerse es también sufrir, pensar, fatigarse, disentir, rechazar, blasfemar. Si algo me gusta de Rodrigo Fresán es que no parece tener ganas de cejar en el empeño de ampliar el campo de lo que puede decirse dentro de un libro ahora que el libro parece ser el hermano mayor acomplejado y caduco de todas las pantallas.

En demasiadas oportunidades la negación de la novela suele corresponderse con la incapacidad para armar una. Muchos han detectado que la profusión de la literatura testimonial no es un emplazamiento a decir las verdades en los libros en tiempos de las mentiras en los medios, sino, todo lo contrario, una prolongación en los terrenos de la ficción de las maniobras eternas para lograr tanto el cariño como la atención del público distraído por naturaleza. Un poco como esas películas y series de televisión que declaran en el cartón del comienzo que están basadas en hechos reales, como si toda la ficción no lo estuviera. Como esas interpretaciones tan premiadas de personajes reales que deberían juzgarse bajo el paraguas de la imitación, del baile de disfraces, de la fascinación de la máscara, pero no de la creación desde la nada de un personaje nuevo, que es la esencia triunfal de la ficción. Por eso me gustan tanto algunos libros, muy pocos, que se proponen romperles las costuras a los géneros, pero también a las cabezas de los lectores, y en su último volumen Fresán lo logra.

Es más un ensayo que una narración, incluso varios ensayos encadenados. Uno sobre los sueños, que gira en torno a la advertencia de Henry James: «Cuenta un sueño, pierde un lector». Luego, otro ensayo sobre Cumbres borrascosas, que es una declaración de pasión por la novela pura. Pero es un libro también sobre el insomnio, donde Fresán sabe retratar a quien en la noche persigue las relaciones imposibles entre excéntricos, que puso en el centro de su vida, como Nabokov o Dylan. Y, finalmente, es un libro sobre las frustraciones de los escritores, que nunca alcanzan el éxito que merecen, que nunca saben explicar del todo quiénes son, que nunca logran dejar de sentirse perturbados por la aceptación de otros, que necesitan detestar a quienes ellos consideran, con pruebas, como ejemplares perfectos de quienes sirven gatos por liebres. Pero los odios, incluso los de alguien tan inteligente como Fresán, siempre son coyunturales; en cambio, los amores son para toda la vida. Así, por ejemplo, de fondo de escenario resuena Suave es la noche gracias a la maravillosa destreza de Fitzgerald para contarnos nuestro fracaso antes de que nos suceda, para contarnos lo que pudimos ser y no fuimos.

Las pasiones de Fresán, más allá de su empeño en apoyarlas en citas como golpetazos de autoridad y complicidad, son pasiones particulares, porque él sabe muy bien que las citas son espadas prestadas de otra guerra para nuestra guerra personal. Pero hay algo de conversación en su libro, de ensoñación, de telegrama logorreico para almas gemelas, donde me ha parecido encontrar la esencia misma de la literatura, de eso que muchos se empeñan en cifrar entre lo autobiográfico, lo académico, lo rupturista o lo premiable, equivocando del todo una vocación, porque la vocación real es solo esa, entablar un diálogo tarde ya en la noche con quien, desvelado, busca otra luz encendida, como la suya, en algún lugar de la ciudad dormida. Y fue un consuelo saber que la luz en la ventana de Fresán sigue encendida.