Una de monstruos

NEUTRAL CORNER

En tiempos de la Guerra Fría, el cine de terror fantástico utilizó como enemigo más recurrente al alienígena. La metáfora estaba clara: un ser de fuera, de más allá de nuestro propio mundo, nos invade y aniquila nuestra forma de vida. La ventaja es que nos obliga a ser heroicos y cohesionados en la defensa de nuestra civilización. Se trataba de un maniqueísmo perfecto para unas sociedades occidentales que primero habían repelido a los alienígenas nazis y ahora temían tener que hacer lo mismo con los alienígenas soviéticos.

Algo ha cambiado en lo que antaño se llamó el cine de serie B que ahora tiene una extrapolación perfecta en algunas series de televisión con textura de tebeo. Rara vez se nos incita a tener miedo al alienígena. El malo actual, el monstruo que aparece en todas partes de manera obsesiva, es el zombi. ¿Cuál es la particularidad del zombi? Que no es un ser proveniente de mundos lejanos, sino una degradación de nosotros mismos. El zombi eres tú, o tu hijo, o tu mujer, o tu mejor amigo, convertido de pronto en una desviación de conducta que nos devora desde dentro y que aliena su parte humana hasta no ser capaz de recordar ni siquiera los afectos. No sé si hace falta ponerse a calibrar al zombi en términos intelectuales, y de hecho es algo que debe de dar pereza a quien sólo espera de él que le procure un rato de entretenimiento en casa. Pero a mí me parece revelador que el monstruo por excelencia de esta época seamos nosotros mismos. Lo que no sé es de qué es revelador. ¿Es el zombi una alegoría del yihadista que antes de subirse a un camión, alienado por la doctrina, creció y se educó en los mismos barrios que nosotros? ¿Lo es de cuán monstruosos nos volvemos cuando quedamos reducidos a la esencia predadora? Fíjense, en todo caso, que siempre pensamos en el zombi -en el monstruo- como algo ajeno. Como ocurre en Sartre con el infierno, el zombi es el otro.

A mí ya no me cabe en la retina una sola película o serie más de zombis: me harté de todas ellas. Pero, mientras vi algunas, lo que más me interesó fue la idea del zombi como aniquilador de un mundo organizado que obliga a los humanos a reinventar su forma de vida a partir de conceptos tribales y anacrónicos. Esto, en realidad, ya lo había hecho William Golding, sin necesidad de poner ni un solo zombi en la trama, con los muchachos náufragos de El señor de las moscas que en su isla desierta descubrían sin proponérselo las empalizadas tribales, las pinturas de guerra y los sacrificios a ídolos paganos: un viaje de vuelta antirrusoniano a la lanza ancestral y a la cueva.

Con menos profundidad literaria, las series de zombis proponían una lectura semejante basada en el impacto de una gran tragedia regresiva comparable. Igual que en la supuesta Edad Oscura que sucedió a la caída de Roma, en una de las tramas los hombres reinventan el sistema feudal, el de las pequeñas comunidades regidas por señores de la guerra cuyo poder está garantizado por hombres de armas y por el valor de las murallas como lugar en el que acogerse a seguro en un mundo lleno de incertidumbres en el que no se sabe a qué hay que temer más: si a los zombis o al señor de la guerra que rige el ducado colindante. Había hasta pactos entre casas reinantes e intentos de unificación como los de Alfredo el Grande.

La otra trama era aún más divertida. Analizaba el resultado de la abolición violenta del siglo XXI en un rancho de Arizona habitado por nostálgicos de la Frontera y vecino de una reserva india cuyos indígenas se dedicaban a la venta de souvenirs. Por puro instinto, invitados a reinventar el mundo, todos ellos regresaban a las guerras indias del XIX. los pioneros, precursores de la civilización, protegiéndose como en un fuerte y los indios empeñados en expulsar a los intrusos de sus praderas sagradas. Los zombis no eran ya sino personajes secundarios en este choque de pasados idealizados, de personas con nostalgia de sí mismas, de sus mayores.