Reed Hastings es un antihéroe de los negocios: un emprendedor discreto por el que nadie apostaba. Con cien millones de clientes, su cadena, Netflix, ha revolucionado el mundo de la televisión. Ahora va a por el cine. Le revelamos su fórmula para el éxito. Por Davíd López Canales 

Los anglosajones poseen una expresión que no tiene traducción literal al castellano: underdog. Puede traducirse como ‘desvalido’ o ‘desamparado’, pero se usa para referirse a una persona o un equipo que tiene pocas opciones de ganar algo, ya sea un campeonato deportivo o unas elecciones políticas. Sería el caballo perdedor del mundo hispanohablante.

Underdog es uno de los términos con los que más se ha referido la prensa especializada en negocios y nuevas tecnologías a Reed Hastings, el fundador de Netflix. Un emprendedor atípico. Una rara avis en Silicon Valley, donde, sin embargo, se ha convertido ya en uno de sus triunfadores.

Netflix nació hace 20 años como una empresa de alquiler de películas en DVD con entrega a domicilio

Hastings, que nació en Boston en 1960, estudió Matemáticas en la universidad y, tras graduarse, se alistó en el Cuerpo de Paz, una agencia federal creada en los sesenta para «promover la paz y la amistad mundial», y estuvo casi dos años en los ochenta enseñando matemáticas en Suazilandia. Tras regresar a Estados Unidos se tituló en Informática en Stanford. Entonces creó una empresa de software especializada en solucionar problemas que vendería en 1995, justo a tiempo para lanzarse al proyecto que lo ha convertido en un revolucionario del sector del entretenimiento y de la industria del cine.

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Junto con su antiguo compañero Marc Randolph, Hastings pensó si sería posible crear una empresa que suministrase películas en DVD a domicilio. Básicamente, la idea era esa: una tarifa plana y envío por correo. A la compañía la llamaron Netflix, sobrevivió a la caída de los videoclubs, se adaptó a la era de Internet, en 2007 empezó a ofrecer sus servicios en streaming, después a producir sus propios contenidos y hoy cuenta, cuando celebra su 20.º aniversario, con más de 100 millones de clientes en 190 países y un valor de 53.000 millones de euros, 20 veces más de lo que valía hace solo cinco años. Y subiendo.

«La gente quiere controlar cómo, cuándo y dónde ve algo. Y eso es lo que les damos nosotros», resume. Netflix, junto con Amazon, ha mostrado así el camino del cine y de su negocio a las grandes compañías tecnológicas.

Pero Hastings es un triunfador inesperado. Su nombre es casi desconocido; no fomenta el contacto con el público; apenas se asoma a las redes sociales, donde solo tiene presencia en Twitter, con 27.000 seguidores; y vive con su esposa, Patricia Ann Quillin, con quien tiene dos hijos, en Santa Cruz (California), donde ella trabaja en el Museo de Historia Natural.

Durante estos 20 años, Hastings ha aumentado su fortuna personal hasta los 1700 millones de euros, según Forbes, y tiene un salario anual de 900.000 dólares. Pero poco más se sabe de él. O poco más llamativo.

Con una fortuna de 1700 millones de euros, Hastings es un desconocido que apenas usa las redes sociales

Sin el aura de los grandes gurús de la era digital, como Steve Jobs, sin hacer ruido, desde el anonimato casi absoluto, Hastings ha consolidado el cambio de la forma en la que hoy se consume el cine y las series de televisión. Como él ha bromeado, mientras en Google tienen «la visión de hacer del mundo un lugar más productivo, la mía es, de alguna manera, hacer lo contrario, que lo sea menos». Y lo está logrando, porque sus clientes consumen cada semana más de 1000 millones de horas de la programación de su plataforma.

Sin enemigos

Lo más destacado es que lo logra alabando a competidores como HBO y Amazon. «Todo lo que hacen es increíble -confesaba-. ¿Cómo pueden hacer tantos negocios diferentes tan bien? Están reescribiendo las leyes del mercado».

Hastings ha logrado así no tener enemigos. No declarados, al menos, más allá de aquellos que perciben la amenaza real de Netflix y su modelo, desde esas televisiones por cable a los estudios de cine. Este año, por ejemplo, su empresa se convirtió en la gran protagonista del Festival de Cannes, ya que dos películas producidas por ella, Okja y The Meyerowitz stories, entraron en competición con la paradoja de que, al ser producciones de Netflix y por lo tanto para la televisión, nunca llegarán a las salas de cine.

Libertad de Vacaciones

Pedro Almodóvar, que presidía el jurado, fue uno de los más críticos con esta nueva realidad. «Mientras siga vivo, defenderé algo que muchos jóvenes ahora no conocen y que es la capacidad de hipnosis que tiene una gran pantalla frente al espectador», dijo. Y de momento ha salido ganando, porque para el año que viene Cannes ha puesto como condición que para pueda competir un filme debe poder verse en los cines.

Hastings está sacudiendo la industria. Y, en la gran era de la imagen, lo hace con ese perfil tan bajo. Como ese underdog, ese caballo perdedor que contra pronóstico acapara portadas de revistas de negocios.

Los empleados de Netflix no tienen horarios ni vacaciones fijas ni incentivos. Se organizan a su gusto

Él mismo contribuye a ello. «No navego, no pesco. La verdad es que soy un fracaso como hombre renacentista», se burla de sí mismo. En su lugar, Hastings se toma hasta seis semanas de vacaciones al año para desconectar.

El modelo empresarial de Netflix, por cierto, se estudia en las escuelas de negocios como un ejemplo atípico donde no hay días de vacaciones fijados ni horarios ni incentivos a la producción, pero tampoco el buen rollo al estilo de Silicon Valley ni los patinetes. Cada trabajador gestiona su tiempo. Cada uno sabe lo que tiene que hacer y lo hace… y a la oficina se va a producir.

Fuera de allí, lo más destacado que se conoce de sus aficiones es que en su casa cría pollos, perros e incluso cabras. Y, sobre todo, que dedica su tiempo libre a su labor filantrópica a favor de la educación pública. En definitiva, Hastings -uno de los hombres que está cambiando la historia del cine- sería un antihéroe.

Descanso / tiempo libre y filantropía

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Hastings se toma seis semanas de vacaciones. En su casa cría pollos, perros y cabras. Dedica mucho tiempo a la filantropía a favor de la educación pública.

Vida privada / mujer trabajadora

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Vive con su esposa, Patricia Ann Quillin, y sus dos hijos en Santa Cruz (California), donde ella trabaja en el Museo de Historia Natural.


PARA SABER MÁS

Netflixed: the epic battle for America’s eyeballs, de la periodista Gina Keating. La historia de la cadena que está transformando la televisión.